Daniel Gil

nuevanormalidad

Poc a poc anem veient com la denominada #novanormalitat es va extenent per tots els àmbits de la nostra vida diària i les nostres accions quotidianes. Ho condiciona tot, ho impregna tot. Ho limita tot. I mentrestant, estem vigilant que aquesta #novanormalitat no erosioni encara més les nostres fràgils democràcies modernes, i ens aboqui a un feliç control poblacional i a un orwellià 1984, doncs “la creació de la por és el millor mecanisme polític per l’obediència social, però també el major destructor de la democràcia i els seus drets.” (Robert Òdena, 2020).

Veiem ja que res és igual que abans, i molt probablement no ho torni a ser mai més: mascaretes omnipresents, cues per a entrar als comerços, i un llarg etcètera que ara no detallaré per excessiu, conegut i també trist i preocupant, també val a dir-ho. I a tot això, òbviament les biblioteques no n'han quedat al marge, i també s'han hagut d'adaptar, sovint sense un Pla B en l'horitzó i sense saber massa bé què calia fer. En aquest sentit, i per a donar una mica de llum a aquest panorama incert, Anthony W. Marx, president de la Biblioteca Pública de Nova York exposa en un article al New York Times, que les biblioteques han de canviar, i que aquest canvi passa necessàriament per oferir molts més serveis digitals. I afegeixo i preciso: més i millors, i que aquests serveis no siguin només una part de l'estratègia i la política (parcials) de les biblioteques, sinó que aquest serveis suposin una transformació estructural, orgànica, de les mateixes. Un canvi disruptiu. És significatiu un paràgraf de l'article de Marx que subscric plenament: This experience has made it clear to us that libraries must invest — or continue to invest — in digital and virtual technologies and expertise. There is so much more we can do. Every library should aspire to provide the broadest possible digital access to all books and the world’s accumulated knowledge, not just the snippets now available on the web. The digital public library is a piece of necessary public infrastructure that must be built with the same care, collaboration, and adherence to values — including privacy — that we have used to build and run our branches. (Marx, 2020)

Prestatges sense accés lliure

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El hombre ya bien entrado en la cincuentena y que se tiñe de negro metálico, metódicamente, con puntualidad británica y precisión suiza, el pelo de su cabeza y también el de esta barba espesa de una semana, piensa que la vida adulta ya debe ser un poco eso, una rutina más o menos repetitiva, con más o menos cadencia, con más o menos ritmo, de una serie de cosas, de personas, de acciones, de hechos y vivencias y de amores que pasan y transcurren por lo que se ha convenido en denominar tu vida. La vida adulta ya debe ser un poco como este pasar rítmico y seguro de las travesías de la vía del tren; saber, con toda la certeza del mundo, que después de una travesía siempre vendrá otra. La vida adulta de la gente común y normal como él, piensa y se tranquiliza, está hecha de estas seguridades mínimas y demasiadas veces absurdas, pero que te sostienen y te ayudan a ir tirando.

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La niña de la sonrisa luminosa también vive justo en frente de esta estación que, sin embargo y a pesar de todo y de todos, se convierte en el centro y núcleo de una intensa y cercana y cálida vida social en esta ciudad ubicada demasiado al norte como para ser del sur, y situada demasiado al sur como para que el norte la tenga presente. Una vida como la de todas las personas comunes, anónimas y a la vez únicas que transcurren y sobreviven por estas páginas. La niña de sonrisa luminosa, que se lava los dientes de una nieve blanquísima con un cepillo eléctrico que mueve acompansadamente cada noche, siempre acompañada por su padre, vive justo debajo del abuelo que mira cada día por las rendijas de la persiana por si algún día vuelve a entrar su amor por la puerta.

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Aquel gris plomo que pesa tanto, que lo envuelve todo y a todos, que se filtra silencioso por cualquier rendija. Aquel gris plomo que se extiende mudo, y que tiñe de mediocridad y simplicidad las miradas, las palabras, los gestos... la vida. Aquel gris plomo burocrático y tedioso, que lo ralentiza todo, que lo eterniza todo, que no deja espacio ni lugar ni esperanza a la creatividad y que iguala, uniformiza y presiona siempre a la baja, siempre a la baja. Aquel gris plomo que rompe sueños y desdibuja futuros individuales y colectivos y familiares en la incertidumbre angustiosa de no poder prever ni controlar las propias vidas y los propios destinos. “To your end / Not even jail”.

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Poco a poco vamos viendo cómo la denominada nueva normalidad se va extendiendo en todos los ámbitos de nuestra vida diaria y de nuestras acciones cotidianas. Mientras vigilamos que esta #nuevanormalidad no erosione aún más nuestras frágiles democracias [1] y nos aboque a un control poblacional y a un orwelliano 1984, vemos que ya nada es igual: mascarillas omnipresentes, colas para entrar en los comercios, y un largo etcétera que ahora no detallaré por excesivo y conocido. Y a todo esto, obviamente las bibliotecas también se han tenido que adaptar. Anthony W. Marx, presidente de la Biblioteca Pública de Nueva York expone en un artículo en el New York Times [2] que las bibliotecas deben canviar, y que este cambio pasa necesariamente por ofrecer muchos más servicios digitales. Y añado: más y mejores, y que estos servicios no sean tan sólo una parte de la estrategia y de la política (parciales) de las bibliotecas, sino que suponga una transformación estructural de las mismas. Es significativo un párrafo del artículo de Marx que suscribo plenamente:

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